Entre Amigos - Opinion Column - diciembre 2011 (español)

15 de diciembre de 2011

Pastores de su rebaño
Por Mar Muñoz-Visoso

Boom! A la medianoche hora de Los Ángeles, 2 de la madrugada en San Antonio, Texas, el 12 de diciembre, estalló la bomba.

En un acto colegial de proporciones nacionales, los obispos Hispanos/Latinos de los Estados Unidos cerraron filas en torno a las personas indocumentadas y a todos los inmigrantes en este país. Saludaron a la Virgen de Guadalupe en el día de su fiesta –y, por ende, a todos nosotros—con una carta abierta a los inmigrantes. La misiva estaba firmada por 33 de ellos y fue hecha pública simultáneamente desde las dos “sedes madre” del catolicismo hispano en los Estados Unidos, L.A. y San Antonio.

De naturaleza pastoral, la carta no se preocupa en detallar los entresijos de una reforma migratoria integral, aunque de forma clara e inequívoca los obispos expresan su apoyo a la misma. Se trata, sobre todo, de un mensaje de preocupación pastoral por un grupo de personas que a menudo se sienten abandonadas—muchas de las cuales son hispanas y católicas—de parte de un grupo sustancial de la jerarquía estadounidense que comparte en sus raíces.

En la tradición católica, uno de los roles definitorios de un obispo es la preocupación por los pobres y las personas en los márgenes de la sociedad, incluyendo a las personas migrantes. Los obispos tienen la responsabilidad de velar por el bienestar espiritual y pastoral de todos los católicos en los territorios a su cargo, sean nativos o extranjeros, y sea cual sea su estatus migratorio.

Es comprensible, pues, que la comunidad hispana/latina espere de los obispos en las comunidades particulares en las que residen apoyo espiritual y liderazgo. Parte de ese rol requiere que alcen sus voces en contra de la injusticia y la opresión.

En su Carta a los Inmigrantes, los obispos latinos les dicen a millones de indocumentados en nuestro país que “no están solos ni abandonados”, y que son bienvenidos en sus iglesias locales.

Los obispos reconocen las muchas contribuciones que los inmigrantes de toda clase hacen a nuestra sociedad, nuestra cultura y nuestra economía. Y lamentan cuando éstos son tratados con desdén o culpados por una crisis económica de la que no son responsables. “Sembrar el odio no nos lleva a remediar la crisis”, afirman los obispos.

Usando bellas comparaciones con la “peregrinación” de Jesús mismo en la Tierra y con la Sagrada Familia, los obispos se hacen solidarios con los emigrantes en su caminar. Merece la pena leer la carta en su totalidad, pero aquí van algunas perlas.

“En sus rostros sufrientes vemos el rostro verdadero de Jesucristo. Sabemos muy bien el gran sacrificio que hacen por el bien de sus familias… Muchos de ustedes hacen los trabajos más difíciles… A pesar de sus contribuciones al bienestar de nuestro país, en lugar de ofrecerles gratitud, se les trata como criminales”.

“Estamos también muy conscientes… de la frustración de los jóvenes que han crecido en este país y cuyos sueños son truncados por su estatus migratorio… Todas estas situaciones claman a Dios por una solución digna y humana.”

“El pueblo inmigrante es una fuerza revitalizadora para el país. La falta de una reforma migratoria justa, humana y eficaz debilita el bien común de toda la unión americana.

Y también, “Nos duele y nos apena que muchos de nuestros hermanos y hermanas católicos no hayan apoyado nuestras peticiones por un cambio a la ley de inmigración que proteja sus derechos, mientras ustedes contribuyen con su trabajo a nuestro país. Les prometemos que seguiremos trabajando para obtener este cambio.”

“Sin embargo, no vamos a esperar hasta que cambie la ley para darles la bienvenida en nuestras iglesias a los que ya están aquí… Como miembros del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, les ofrecemos alimento espiritual. Siéntanse bienvenidos a la Santa Misa, la Eucaristía”.

“Debemos abrirles el corazón y los brazos a los recién llegados, como nos lo pide Jesús cuando nos dice, ‘Tuve hambre y ustedes me alimentaron; tuve sed y ustedes me dieron de beber; pasé como forastero y ustedes me recibieron en su casa’ (Mt 25:35)”.

“Su presencia nos invita a ser más valientes en la denuncia de las injusticias que sufren.”

Y finalmente: “Les rogamos que no se desesperen. Mantengan su fe en Jesús migrante que sigue caminando con ustedes”.

Si pudiera pedir un deseo para el Año Nuevo, pediría que esta carta se comparta en comunidades católicas de todo el país, con o sin una presencia importante de inmigrantes. Y que la carta sirva para establecer un verdadero diálogo, sin enojos ni rencor, sobre la crisis migratoria a la cual nos enfrentamos, la realidad que viven cada día los inmigrantes indocumentados y cómo debería responder un cristiano.

Al acercarse la celebración de la Semana Nacional de la Migración (8 al 14 de enero), como a los discípulos de camino a Emaús, se nos invita a acoger a Cristo en el migrante. Quizá el forastero nos pueda enseñar algo sobre Cristo mismo. Quizá incluso seamos capaces de reconocerle cuando compartimos con el extranjero la fracción del pan.

 

Mar Muñoz Visoso es subdirectora de prensa y medios en la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos

 

Published:10/20/2011
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